sábado, 19 de mayo de 2012

UNA PAVOROSA CORNADA II

La pavorosa cornada que sufrió el diestro Julio Aparicio hace ahora dos años en la Monumental de Madrid, donde no había toreado desde aquel día hasta el pasado de San Isidro.(Haga clic en cualquiera de las imágenes de esta crónica para verla ampliada)

UNA PAVOROSA CORNADA II
(EL FIN DE LA FIESTA)

Hace ahora dos años dedicábamos una crónica a la pavorosa cogida que sufrió el diestro Julio Aparicio en la Plaza de Toros de Madrid . Hablábamos también en aquella crónica de las terribles cogidas, también en el rostro, de dos diestros como Granero y “Desperdicios” (en aquella fecha todavía no se había producido la no menos escalofriante cogida de Juan José Padilla). Aprovechábamos aquella pavorosa cornada, para unir nuevamente tauromaquia y Guerra Civil, recordando otra herida en la boca, que habría de causar la muerte al abogado vitoriano Jesús Martínez de Aragón en el Frente de Madrid en abril de 1937, hace ahora poco más de 75 años. A aquella muerte le dedicaría un sentido artículo el también vasco Julián Zugazagoitia, que reproducíamos en aquella crónica.

El pasado día de San Isidro reaparecía en Madrid Julio Aparicio, desde aquella aciaga tarde el diestro sevillano no pisaba el albero madrileño. Tras el paseíllo, la plaza que no olvida, dedicó una calurosa ovación al diestro sevillano, que obligó a este a salir a saludar a los medios. A Aparicio, por antigüedad, le correspondía lidiar el primer toro de la tarde, un ejemplar de bonita capa, alto de agujas y tremendamente astifino, un toro incomodo. Aparicio lo observaba desde el burladero, y fue entonces cuando pude apreciar lo que había cambiado físicamente este torero.

Julio Aparicio saluda tras ser ovacionado al finalizar el paseillo. El diestro reaparecía tras la tremenda cornada que sufrió hace dos años, la que sin duda le ha dejado secuelas en el cuerpo y en el alma.

Julio Aparicio responde al patrón del torero que denominan de arte, un perfil habitual en la escuela andaluza. Hijo de un torero y de una bailarina, tuvo su momento de gloria en la década de los 90, a sus cualidades como diestro de los considerados “artistas”, se unía su estampa de galán de cine, un cóctel irresistible para la prensa del corazón. Su popularidad era grande, y sin duda su tarde de gloria fue aquella del 18 de mayo de 1994 en que abriría la Puerta Grande de las Ventas tras una memorable faena. Como ocurre con casi todos los toreros en algún momento de su carrera, su estrella comenzó a declinar y su nombre fue desapareciendo de carteles y medios, hasta su dramática cogida de 2010, cuyas tremendas imágenes con el pitón asomando por la boca del diestro darían la vuelta al mundo. Una cogida que sin duda tienen que dejar cicatrices tanto en el cuerpo como en el alma.

Y fue en el momento en que se abrió la puerta de chiqueros y salió el primer toro, cuando nos dimos cuenta de lo cambiado que estaba Aparicio. La cara hinchada, los ojos claros abiertos de par en par, sin apenas pestañear. El cabello lacio, otoñal, discontinuo. Y el labio superior, alzado en su parte derecha en una mueca imposible, seguramente consecuencia de la tremenda cogida. El rostro del torero no transmitía un sentimiento claro, se adivinaba una sensación de angustia y tristeza, tal vez de resignación y, como no, de temor. Como hemos dicho, el toro era imponente, tardó Julio en salir al ruedo y tras dos breves capotazos salieron los caballos. En la primera vara, el toro derribo de manera espectacular, aunque con “trampa”, hiriendo al caballo, tras una segunda vara también bronca y un tercio de banderillas con muchas dificultades, quedaba patente que el toro era muy peligroso y no iba a dar ninguna facilidad. En estos casos hay toreros que se la juegan, otros que hacen una faena de aliño y otros que deciden finiquitar directamente. Aparicio dio varios mantazos, muy pocos eso si, y decidió entrar a matar, si lo que hizo este diestro puede nombrarse así. Comenzó entonces un espectáculo realmente patético y vergonzoso, con el diestro pinchando de manera infame al morlaco. En ese momento ya la plaza abroncaba al diestro, que seguía a lo suyo, incapaz de lidiar y de estoquear a un toro. Sin haber conseguido enhebrar siquiera media estocada, se hizo con el descabello, afortunadamente el toro se tumbó, más por efecto de las múltiples heridas, que por la pericia del diestro con el descabello. La bronca, que había subido de decibelios, y la tensión que se respiraba en el ambiente, seguramente influyeran en el puntillero que tuvo que hacer varios intentos, alargando aun más el lamentable espectáculo del ruedo. Tras la consabida bronca, la presencia de un nuevo toro en el redondel pareció calmar los ánimos. La cara de Aparicio era ya un poema.

Julio Aparicio lidiando al primer toro de su lote, al que terminaría finiquitando de manera infame.

Llegó el turno del cuarto de la tarde, segundo de Aparicio, y la historia se repitió, un toro grande, astifino, brusco, que inmediatamente se hizo el dueño del ruedo, en esta ocasión el matador se inhibió completamente, dejando la lidia en manos de sus subalternos y consintiendo que al toro lo dejaran para hacer hamburguesas, tras sus tres largas acometidas al caballo. En la faena de muleta, más de lo mismo, intentó colocarse dos veces, pero rápidamente echó mano del estoque para perpetrar cuchilladas varias. La bronca ya era general, así como los insultos y los abucheos. Hasta los comentaristas televisivos, tan mesurados y comprensivos habitualmente, cargaron contra el diestro: “Aparicio no está ni para torear este, ni ningún otro toro” o “Aparicio no tenía que estar en San Isidro”. Los insultos y los gritos se sucedían, las cámaras enfocaban a un Aparicio, ausente, desencajado, derrotado, hundido, masticando su orgullo y su rabia en silencio.

La imagen de aquel torero marcado por el tiempo y por las heridas, que deambulaba por el callejón, como ausente, era la imagen del perdedor, del acabado. Me recordaba a esas películas en blanco y negro en las que aparecen boxeadores en el fin de su carrera, boxeadores que algún día acariciaron la gloria sin poder atraparla, y ahora deambulan sin rumbo fijo con las marcas en el rostro de los golpes del ring y de los de la vida. Terminada la corrida, llegó el momento de abandonar el ruedo, Aparicio, como diestro más antiguo había de hacerlo en primer lugar. Tras despedirse de la presidencia, comenzó a cruzar el ruedo con el capote de paseo doblado sobre el brazo hacia la puerta de cuadrillas seguido de sus tres subalternos. La pitada y la bronca eran ensordecedoras, cabizbajo, con paso ligero, llegó hasta la puerta, donde comenzaron a llover las almohadillas. Tratando de mantener la dignidad y mirando a los tendidos con expresión mitad de asombro mitad de desafió, se detuvo, mientras sus subalternos y su mozo de espadas, con sus antebrazos, trataban de proteger el rostro y la cabeza del maestro de la ira de la multitud. En un momento que arreció la lluvia, torero y cuadrilla se perdieron en el túnel, mientras que algunos aficionados con el cuerpo colgando de barandillas y pasamanos, escupían sus insultos y su furia. La corrida en su conjunto fue lamentable, algunos cronistas la han calificado de : “ES-CAN-DA-LO” (clic aquí para ir a la crónica), una más de las muchas corridas de Las Ventas, pero en este caso también fue un espectáculo penoso. Cualquier antitaurino que quiera acabar con esto, no tiene que desnudarse y pegarse dos palos a la espalda tras untarse con salsa de tomate, con recomendar a los aficionados que vieran el video de esta corrida tendrían más efecto sus protestas.

El diestro tuvo que abandonar el ruedo bajo una fuerte lluvia de almohadillas.

La pavorosa cogida de Julio Aparicio y su reaparición son una triste metáfora del mundo taurino. Son los propios protagonistas y actores de este espectáculo los que han herido de muerte a la fiesta, los toros bravos son una caricatura de lo que fueron, no conocemos la razón pero lo habitual es el toro que se cae, que no embiste, el toro descastado, como los lidiados el otro día, la lidia se convierte en un simulacro la mayoría de las ocasiones. Tampoco existe ningún torero que consiga aunar tras de si a los aficionados, una figura según mandan los cánones, todas las épocas del toreo han estado lideradas por alguna figura, o marcada por la rivalidad entre toreros, sin embargo en la actualidad no hay nadie que asuma ese papel, el único capaz de levantar pasiones es un intermitente José Tomas, cuya trayectoria futura nadie se atreve a pronosticar, ni siquiera a unos pocos meses vista. Por último quedan los que gestionan este espectáculo, los empresarios y apoderados, que en muchas ocasiones ejercen ambas funciones, una casta, a veces con tintes mafiosos, que calibra sus intereses económicos por encima de los de la propia fiesta en si. Los carteles se negocian en los despachos, junto con las ganaderías, los encastes “problemáticos” desaparecen del panorama, solamente el toro “comercial”, el toro de “diseño”, es aceptado por las figuras, ninguno quiere enfrentarse a las “alimañas”. Con este panorama no es extraño que los aficionados comiencen a desertar, y lo que es más grave para lo que se denomina como la Fiesta, es el hecho de que no aparezcan nuevos aficionados, el mundo del toro ya no interesa a los jóvenes, la renovación generacional es impensable.

La conciencia antitaurina, así como los errores que se van acumulando en el propio mundo taurino, sin olvidar algunas ayudas que al final no hacen si no echar más leña al fuego, van socavando este espectáculo que no atraviesa sus mejores momentos en la actualidad.

A veces hay personas que intentan echarte una mano y consiguen todo lo contrario, y por si todo lo comentado no fueran ya suficientes problemas, ahora asistimos a la entrada en escena con brioso ímpetu del nacionalismo. No, no me refiero a los nacionalistas catalanes, que también tienen lo suyo en este tema, aunque son un mal colateral ya que en Cataluña solo se celebraban un puñado de festejos al año. El verdadero problema es el nacionalismo español, que ha entrado como elefante en cacharrería, haciendo uso de toda la artillería pesada a su disposición, erigiéndose en paladín y defensor de la fiesta de los toros, de la "Fiesta Nacional", y al igual que el Trío de las Azores sostenían que si no estabas con ellos estabas con los terroristas, en este caso, si no estas con ellos estas con los antitaurinos. Como comprenderán para muchos buenos aficionados es una difícil elección el tener que elegir entre unos u otros.

Políticos como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, han hecho del tema de los toros una especie de cruzada ideológica, donde parece primar el interés del rédito político, así como atávicos y provincianos nacionalismos, por encima del interés de la propia fiesta y el de los aficionados.

El pasado día de San Isidro la plaza presentaba una buena entrada, pero lejos del lleno, se veía cemento en los tendidos, algo impensable hace unos años en una corrida del ciclo isidril, un síntoma más de la decadencia de este espectáculo que año tras año va perdiendo seguidores, sin embargo si que podíamos ver en las barreras, palcos y callejón, a una significativa muestra del nacionalismo más casposo, el de caracolillos grasientos en la nuca, habano, güisqui y corbata, ausentes la mayor parte del año, pero que acuden atraídos por la berrea que supone la feria, una buena pasarela donde mostrar las más diversas vanidades. El callejón estaba abarrotado de personalidades que se apretaban para disfrutar de esta privilegiada atalaya donde a veces se tiene el privilegio de que te salpique la sangre, entre ellos Eduardo Zaplana, Enrique Mújica, el incombustible Sánchez Dragó (reconvertido gracias a Telemadrid y al apasionado apoyo de Esperanza Aguirre, Condesa de Murillo y ganadera consorte, en auténtico “gurú taúrico” de la Comunidad), e incluso el Ministro de Cultura, Ignacio Wert acompañado de su esposa la periodista Edurne Uriarte, al que se le brindaría un toro por “su decidido apoyo a la fiesta”, sin olvidar a la alcaldesa Ana Botella que desde una barrera contemplaba el espectáculo con cara de que aquello no iba con ella.

El torero Eduardo Gallo brinda su primer toro al Ministro de Cultura José Ignacio Wert, que junto a su esposa la periodista Edurne Uriarte, contemplaba la corrida del pasado día de San Isidro. (Excelente instantánea de la fotógrafa taurina Dolores de Lara publicada en el blog taurino “La Montera” donde pueden encontrar muchas e interesantes imágenes de todo lo relacionado con la Feria de San Isidro. Haga clic aquí para ir al blog).

Destacar también una escena de la retransmisión, donde pudimos ver un palco de sombra, con un grupo de señoras ya maduras, elegantemente ataviadas de peineta y mantilla, que se giraban en busca del plato de jamón que en ese momento circulaba por el palco, mientras el entrevistador recababa la opinión de una de ellas, marquesa o condesa de algo, al parecer se trata de una especie de peña taurina de señoras aristócratas. Me gustaría saber lo que diría el gran maestro Joaquín Vidal si levantara la cabeza y contemplara esas hordas vocingleras y trasegadoras de güisquies abarrotando el callejón, seguramente se habría percatado de un detalle que pasó desapercibido para el público en general, en el sexto toro, tras otra abúlica y penosa faena, el matador trataba de cuadrar al toro, que continuamente se distraía mirando al callejón, donde seguramente los invitados de gorra comenzaban ya a despedirse. En varias ocasiones el matador miró hacia ese lugar como queriendo decir: “¡¡pero os queréis estar quietos de una puta vez!!”. Ya ven ustedes cual es la afición, y el respeto que estos aficionados de pacotilla tienen por los toros (clic aquí para ir a las crónicas históricas del gran maestro Joaquín Vidal).

Desde hace tiempo, el callejón de la plaza de Las Ventas, se encuentra abarrotado habitualmente de personajes de diverso pelaje, desde periodistas a políticos. Entre ellos encontramos a un habitual Fernando Sanchez Dragó, convertido en maestro de ceremonias de esta feria y auténtico “gurú taurico”. En esta ocasión le vemos acompañado por los “periodistas” Luis Herreros y Federico Jiménez Losantos, así como el tenista Feliciano López, que está a “su bola”.

Desde que los toros fueron prohibidos en Cataluña, para algunos el ser aficionado se ha convertido en una cuestión patriótica e incluso ideológica, y que mayor oportunidad de demostrar inquebrantable patriotismo, junto con la banderita colgando del retrovisor del coche, que la de asistir a la más importante feria del mundo. Cualquier sospecha sobre la “pureza de sangre” ideológica queda difuminada inmediatamente cuando uno se declara aficionado a los toros. Esta atávica costumbre de todos los nacionalismos que pretende afianzar la propia identidad socavando la identidad de los otros, y la vehemencia que en demostrarlo están poniendo tanto la Comunidad de Madrid, con su presidenta al frente, como el Gobierno de España, seguramente acabe dando la puntilla definitiva a la Fiesta, alejando a buena parte de los ya escasos aficionados a los que repugnan los ideales y actitudes que estas autoridades defienden y tratan de trasladar al mundo de los toros patrimonializandolo para sus propios fines, no olvidemos que los aficionados taurinos en su gran mayoría han pertenecido siempre a las clases populares, y es de ahí también de donde han salido las mayores figuras. Los toros son una fiesta que no se puede recuperar a golpe de talonario, mecenazgos y mucho menos como reclamo identitario e ideológico, y mucho menos con iniciativas como la de Telemadrid (una cadena que como madrileño me hace sentir mucha vergüenza, además del tormento de saber que se mantiene con mis impuestos), que se ha sacado de la manga un esperpento de programa, ridículo, vergonzoso, patético, que tiene por título “Quiero ser torero”, una especie de operación triunfo con traje campero y picadores en vez de bailarinas, programa que espero desaparezca pronto de la parrilla, aunque seguramente estas iniciativas sean bien recibidas por los grupos antitaurinos, que deben disfrutar como enanos comentando la jugada. Si se quiere recuperar la fiesta habrá que empezar por recuperar toros, toreros y aficionados, algo que me temo a estas alturas es ya bastante difícil. Un buen amigo, José María Fernández Tabera, historiador y arqueólogo, me dijo hace tiempo “los toros van desapareciendo en la medida que desaparece el mundo rural y la relación directa del hombre con los animales”, tal vez no le falte razón.

Junto a la plaza en esta feria se han programado diferentes actividades, como tertulias, conferencias, exposiciones, etc, donde un hiperactivo Sánchez Drago ejertce de maestro de ceremonias. En esta fotografía podemos ver a algunos ilustres aficionados (de I a D): el Ministro de Cultura Wert, la Condesa de Murillo, el premio nobel Vargas Llosa, la alcaldesa Botella, Ignacio González (el del ático en Marbella) y el incombustible Sánchez Dragó.

La pavorosa cornada que sufrió Julio Aparicio hace ahora dos años y su lamentable regreso a Las Ventas (con el firme apoyo de la empresa de la plaza), convertido en una caricatura de lo que fue, incapaz de encontrar su sitio, tal vez nos sirva de metáfora para definir la situación de la Fiesta en la actualidad, herida gravemente desde hace tiempo, a la que ahora podemos contemplar también como una caricatura de lo que fue, incapaz de encontrar su sitio en la sociedad, pese al firme apoyo de algunas instituciones. ¿Merece la pena prolongar esta agonía?, tal vez sería mejor una eutanasia y hacer como los grandes maestros que se retiran en plenitud, o iniciando su declive, y no esperan a que los echen a almohadillazos. Si esta situación no cambia, y todo apunta a que irá a peor, no tardaremos en asistir al fin de la Fiesta, seguramente lo mejor que puede ocurrir.

Siento no haber tratado en esta crónica ningún tema relacionado con el noble arte de la guerracivilmaquia, algo que compensaremos a la mayor brevedad, para solucionarlo de alguna manera les recomiendo visitar la crónica nacida a raiz de aquella pavorosa cornada que sufrió Julio Aparicio en Madrid hace dos años (la cual seguramente muchos de nuestros nuevos lectores todavía no hayan leído), crónica en la que también hablamos de la trágica muerte de Jesús Martínez de Aragón, abogado antes de la guerra y militar republicano, que fallecería en el frente de Madrid hace ahora 75 años. Pueden ir a aquella crónica haciendo clic aquí

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Florentino Areneros.

1 comentario:

  1. si esta es la fauna de cavernicolas que puebla las gradas, en el primer articulo de la proxima constitucion se deberia prohibir la fiesta. para proteger a todos los ciudadanos del espectaculo tanto en el albero como en la grada.
    el declive y el ocaso para la tauromaquia esta llegando en esta decada. ya solo falta que vayan Mangarin y Rato. y el floguero deberia ir tomando nota y cortarse la colita como Aparicio.

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