jueves, 2 de agosto de 2012

EL MOMUMENTO AL GENERAL MOLA

El 3 de Junio de 1939, dos años después de ocurrido el mortal accidente, se inauguraría el monumento a la memoria del general Mola en una solemne ceremonia presidida por el general Franco. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

EL MOMUMENTO AL GENERAL MOLA

En nuestra anterior crónica nos centrábamos en el accidente de aviación en el que fallecería el general Mola el 3 de Junio de 1937 el la localidad de burgalesa de Alcocero, renombrada en la actualidad como Alcocero de Mola. También conocíamos en aquella crónica como las relaciones entre Mola y Franco no fueron todo lo “idílicas” que la historiografía franquista posterior a la guerra nos ha querido mostrar. Franco al finalizar la guerra había logrado acaparar en su persona el poder y control absolutos del estado, un hecho al que sin duda contribuyó una serie de acontecimientos trágicos, pero que algunos autores no dejan de atribuir a la “baraka” del general gallego, como fueron las muertes del general Sanjurjo, la de José Antonio Primo de Rivera y la de Mola. Nunca podremos saber que habría sucedido de no haberse producido estas muertes, pero seguramente el guión habría sido bastante diferente.

La noticia de la inauguración del monumento sería recogida en primera página por los principales periódicos del país, en la imagen vemos la portada del ABC del día siguiente. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Desde antes de finalizar la guerra Franco y los ideólogos ya plantearon las bases sobre las que habría de asentarse el futuro régimen que vendría tras la victoria por las armas en la guerra, entre ellas la exaltación de la memoria de los “mártires” y de los “caídos por Dios y por España”. De todos ellos, seguramente la figura más reconocida dentro del ideario franquista sería la de José Antonio Primo de Rivera, el “Ausente”. El nuevo régimen de Franco adoptaría como principal sustrato ideológico el ideario e iconografía de la Falange haciéndolos suyos, y la figura de José Antonio, fusilado en la prisión de Alicante en noviembre de 1936, sería un referente constante a lo largo de toda la trayectoria del franquismo. Desde dentro de la propia Falange surgirían voces oponiéndose a esta “apropiación”, voces que serían rápidamente acalladas por la poderosa maquinaria de poder franquista.

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Tras José Antonio, que ocupa un indiscutible primer lugar en la simbología ideológica del franquismo, nos encontraríamos con la figura del general Mola dentro de ese particular escalafón. Rara era la localidad que no tuviera entre sus calles y plazas una dedicada al “Caudillo”, otra a José Antonio, así como una al general Mola. Si José Antonio era el “asesinado”, es decir el “mártir” por excelencia, el general Mola era el principal exponente del caído en acto de servicio, en combate.

El conjunto monumental culmina en un monolito en la cumbre del cerro donde se estrelló el avión, al que se accede por una larga escalinata que comienza en el mismo lugar donde impactó el aparato. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Esta simbología tendría también su correspondencia monumental, con la construcción de diferentes estructuras que deberían servir no solo para recordar la figura y obra de los homenajeados, sino también para demostrar la grandeza y poder del régimen nacido tras ganar la guerra. Estos monumentos estarían en sintonía con construcciones similares realizadas por los fascistas italianos o los nazis alemanes. La arquitectura de estos monumentos debía simbolizar la grandeza del estado al que representaba, así como las ideas sobre las que ese estado se asentaba. Sin duda el más claro ejemplo de todo ello lo encontramos en el Valle de los Caídos, construido en la sierra madrileña, que habría de servir de mausoleo para Franco y José Antonio. En la misma línea, aunque con unas dimensiones y monumentalidad más modestas, nos encontramos con el monumento erigido a la memoria del general Mola, en Alcocero, en el mismo lugar donde se produciría el accidente que acabaría con su vida.

El accidente se produjo junto a la localidad de Alcocero, que desde aquel momento pasó a denominarse Alcocero de Mola. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

No hemos podido encontrar detalles sobre los autores del proyecto, ni de las fechas de inicio de las obras. Según sostiene Isaias Lafuente, autor del libro “Esclavos por la patria”, el 3 de julio de 1937, un mes después del accidente, un destacamento de prisioneros republicanos comienza a construir el monumento de Alcocero.

Ya durante la guerra civil los presos republicanos comenzaron a ser utilizados como mano de obra, en algunos caso y según diversos autores en un régimen cercano a la esclavitud, aunque el franquismo tratara de enmascararlo desde sutiles matizaciones, así en el decreto 281 del 28 de mayo de 1936 este nuevo cometido de los presos era contemplado como un derecho que los propios presos tenían. Veamos una parte de ese decreto:

“El derecho al trabajo, que tienen todos los españoles como principio básico declarado en el punto quinto del programa de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, no ha de ser regateado por el nuevo Estado a los prisioneros y presos rojos, en tanto que no se oponga, en su desarrollo, a las previsiones que en orden a vigilancia merecen quienes olvidaron los más elementales deberes de patriotismo.”

Este sistema se iría perfeccionando, y ya en 1938 se crearía el Patronato para la Redención de Penas, que impondría criterios “empresariales” pasando a ser el organismo que gestionara los rendimientos económicos generados por el trabajo de estos presos. También se encargaría de crear un “Fichero Fisiotécnico” en el que se recogerían tanto las habilidades laborales como la capacidad física de cada uno de los presos, para poder obtener un mayor aprovechamiento de cada uno de ellos acorde con sus capacidades. En algo menos de un año, el fichero contenía los datos de más de 100.000 presas y presos republicanos. De alguna forma estos presos eran tratados como una mercancía capaz de generar ingresos.

Desde poco después de comenzar la guerra, un elevado número de prisioneros del bando republicano serían utilizados como mano de obra barata para la realización de innumerables tareas, poniéndose a disposición tanto de organismos oficiales como de empresas privadas, muchas de las cuales lograron grandes beneficios a su costa. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Para hacernos una idea del rendimiento que se podía obtener de cada preso, decir que recibían el salario de un obrero normal, pero de ese salario solo quedaba para el preso y la familia de este, aproximadamente el veinticinco por ciento, mientras que el resto pasaba a las arcas públicas como ‘beneficio del Estado’. Sin olvidar que en muchas ocasiones era el propio preso el que debía pagar el uniforme que llevaban con su parte del salario, o incluso llegar a pagar por recibir visitas. Este sistema de explotación, proveía de mano de obra cualificada y barata desde talleres especializados a canteras, pasando por todo el rosario de obras públicas que hubo que acometer una vez finalizada la guerra. Los presos no solamente eran utilizados para obras del Estado, también estaban a disposición de las empresas que estuvieran dispuestos a pagar por ellos. La demanda de presos era grande dado que ofrecían evidentes ventajas: condiciones laborales pésimas, estaban mal alimentados, se les podía hacinar en barracones que ellos mismos se encargaban de construir, las condiciones higiénicas eran lamentables, pero sobre todo había que tener en cuenta que a estos presos se les podía hacer trabajar en jornadas de 10 o 12 horas. De esta forma se lograban incrementos de producción que iban del 20 al 60%, lo que explica esa fuerte demanda de sus servicios.

Gracias a esta rentabilidad fueron muchas las empresas que se sirvieron de esta mano de obra durante muchos años, entre las más destacadas por su tamaño e importancia estarían Dragados y Construcciones, Duro Felguera o Pórtland Ibérica, sin olvidar al constructor José Banús, que se serviría del último destacamento penitenciario del que se tiene constancia para construir la colonia de lujo Mirasierra en Madrid ya en la década de los 70. Pero no serían solamente grandes empresas, también pequeñas y medianas, así como ayuntamientos, terratenientes, caciques locales, la Iglesia y un largo etcétera.

Muchas de las más importantes infraestructuras del periodo franquista se construyeron utilizando a presos republicanos en un régimen en muchos casos cercano a la esclavitud. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Tal vez la obra más emblemática construida por estos trabajadores fuera el Valle de los Caídos, pero la huella de estos trabajadores la podemos encontrar en pantanos, canales de riego, fábricas, minas, líneas férreas, fortificaciones, puentes, túneles o incluso en la construcción de algunas cárceles, como la de Carabanchel en Madrid. Estos presos casi esclavos, son otra de las páginas negras del régimen que siguió a la guerra, una página que como otras muchas tampoco es lo suficientemente conocida.

Pero volvamos a Alcocero y a los trabajos de construcción del monumento. Según el testimonio de Francisco Romera López, publicado en el blog “Monumento al general Mola”, que ya conocimos en nuestra anterior crónica, en el invierno del 38, las autoridades solicitaron ayuda a los vecinos del pueblo:

P: Del monumento ¿qué me puede decir? ¿Cómo se llevó a cabo la construcción de este?

Fco: “Pues al año y medio de esto en invierno del 38, yo ya era alcalde, nos mandaron ayudarles a construir el monumento y en esos años estaba la cosa como para decir que no queríamos ayudar (risas). Y con bueyes y percherones y mansos nuestros y de los labradores de los pueblos de alrededor, íbamos a la cantera de Villalómez a cargar piedra que picaban allí los presos y la íbamos subiendo poco a poco hasta monte, así un montón de días y días, ¡los kilómetros que me hice yo subiendo piedras allí y mira cómo está eso ahora, todo abandonado!”

Vista del conjunto monumental contemplado desde lo alto del hito. Al final de la escalinata se observan los cinco arcos, uno por tripulante del aparato, que se alzan junto al lugar donde impactó el avión. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Finalmente el monumento se inauguró el 3 de junio de 1939, coincidiendo con el segundo aniversario del accidente. El acto sería presidido por el general Franco, quien estaría acompañado por su esposa, la viuda e hijos de Mola, el Gobierno en pleno, embajadores de Japón, Alemania e Italia, una nutrida representación de mandos militares y por el Nuncio de la Santa Sede en España Federico Tedeschini, así como por el obispo José Yanguas Messía, representante de España ante la Santa Sede. El ejército estaría representado por una compañía de cada arma.

El conjunto monumental se extiende a lo largo de la ladera del cerro donde se estrelló el avión de Mola, comprendiendo desde el lugar del impacto, hasta la cumbre del mismo. La descripción del monumento que nos ofrece el periódico ABC en la noticia del día de la inauguración lo define de esta forma:

«El monumento ocupa una ancha extensión, y la longitud desde donde diera en tierra el aparato hasta el pié de la cruz es de unos 300 metros. Aquellos sitios donde fueron hallados los cuerpos de los héroes se señalan ahora con una cruz sencilla de piedra; y todo el lugar, aquel que recogió y empapó la sangre de las víctimas, ha quedado acotado como “recinto sagrado”, que no será jamás removido ni hollado.

LA QUÍNTUPLE ARQUERÍA

Inmediatamente, por encima del “recinto sagrado” se inicia la obra monumental, que arranca con la quíntuple arquería. Cada uno de los arcos está dedicado a uno de los Caídos. El del centro, que es al propio tiempo altar, al general Mola, cuyo nombre está inscrito en letras doradas. Además, y en la parte del muro, que mira al “recinto sagrado”, se puede leer esta inscripción:


Al pie de los arcos se encuentra el “recinto sagrado” donde fueron hallados los cinco cuerpos. En este lugar se alzaba una cruz en el lugar exacto donde fue encontrado cada uno de los cuerpos, en la actualidad solo se conserva la cruz principal en el lugar donde se halló el cuerpo mutilado de Mola. Según nos informa nuestro lector Santi, se conservan las cinco cruces, no solamente una, en los lugares donde se encontraron los cuerpos de los cinco fallecidos. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

“El día 3 de junio de 1937, el invicto general D. Emilio Mola Vidal cayó en este lugar, víctima de un accidente derivado de su actividad en el mando y de su valor militante. Quien cien veces en su vida arrostró el peligro de la guerra con ánimo sereno y corazón levantado vino a morir con las alas rotas en día de niebla sobre estas tierras que su nombre han hecho sagradas. Como símbolo de lo que fue en vida, su muerte se preparó en el vuelo, entre las nubes, y en ellas quedó su espíritu abierto a las luces de la inmortalidad. ¡Honor a su recuerdo, que en el futuro marcará el pórtico de la nueva reconquista de España!. El corazón en alto, por su gloria. Y en los labios de quien quiera se detenga en este recinto sagrado una oración. 3 de junio de 1938. II Año Triunfal.”

EL GRADERÍO HASTA EL MONUMENTO

En la base de los arcos comienza una larga escalinata que culmina a los pies del hito en lo alto del cerro. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

En rampa muy acentuada sigue ascendiendo un graderío muy ancho, que alcanza hasta la carretera construida desde el pueblo de Alcocero; y luego de cruzar esta carretera, se continua aún engrandecida la escalinata, de más de cincuenta metros de anchura, para llegar al mismo pié del monumento, cuya base forma una gran cruz. El monumento es una sencilla y áspera columna de piedra que tiene en la parte anterior el escudo de España y debajo de él, en gruesas letras doradas: un apellido: Mola.»


Tras esta vibrante y detallada descripción del monumento realizada por el periodista de ABC Alberto Martín Fernández, que utilizaba el pseudónimo de “Juan Deportista”, seguimos con los detalles de la ceremonia, en la que nuevamente tomaremos como base esta misma noticia de ABC.

Poco después del mediodía llegaba al lugar Francisco Franco que fue recibido por el general López Pinto, jefe de la sexta región militar. “Su aparición, recibida por la multitud con una ovación ensordecedora, fue un momento de inusitada emoción. En este instante, el sordo roncar de los motores se aproxima, anuncia la llegada de varias escuadrillas que evolucionan sobre el monumento y dejan caer flores sobre él”.
Durante el acto de homenaje el general Franco pronunciaría un discurso acorde con la escenografía del acto. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Posteriormente tomaría la palabra el general López Pinto, que pronunciaría un discurso, terminada la alocución el “Caudillo se dispone a pronunciar su discurso, prorrumpiendo el público en aclamaciones”. Por su indudable interés, reproducimos aquí el discurso íntegro tal y como los recogió ABC:

«Mi general, españoles todos presentes en este acto: habéis venido aquí en el segundo aniversario de la muerte de nuestro querido general Mola, no a inaugurar un monumento que respondiese a su grandeza; habeis venido aquí a colocar un hito en el lugar de su sufrimiento y de su muerte. Este no es el monumento que se merece la grandeza de nuestro héroe. Esta es la urbanización del solar en que plantamos la cruz a la grandeza de un hombre que en aquellos primeros días, en los momentos duros de España, rompió en Navarra la inercia del Movimiento Nacional. Y esto no hubiera sido posible sin esa vida de Mola. Esto no se llevaría a cabo sin esos caracteres, sin estos hombres que podemos llamar los hombres africanos, curtidos en aquellas tierras áridas y areniscas que dieron a España nuestros grandes valores. Y es que en la soledad de los campos, en la meditación y en el trabajo, se forman los caracteres de la raza, igualmente que ayer se forjaban los de nuestros caudillos castellanos en estas tierras pobres de altos horizontes, en donde los castillos, con sus muros pelados, cobijaban la grandeza de los hombres en la meditación y en el trabajo, como en los monasterios, perdidos en la soledad de los campos encerraban en sus muros la madera de nuestros grandes santos.

Este homenaje que hacemos hoy a Mola es homenaje que a él se debe como guión de esa juventud africana, de esos hombres que adquirían su temple en las montañas y que tenían su corazón como su brazo al servicio de España. Esta es la cruz en el camino que pide una oración, no el monumento a la victoria, porque la victoria de España, la victoria de Mola, la victoria de Sanjurjo, la que forjaron nuestros más grandes héroes, tiene una dimensión mayor, tiene una dimensión universal, y cuando tiene ese alcance una victoria, es pobre el cemento, son pobres las piedras, hay que levantar templos, hay que edificar lugares donde se adore a Dios y se eleve el corazón ante los héroes caídos y ante los mártires. Nuestro monumento de la victoria no será un mausoleo más de piedra ni un grupo escultórico, cosa de tiempos pasados; tendrá más grande dimensión, tendrá basílica, monasterio y cuartel. Tendrá la reciedumbre de España, y con la noble aspereza de la piedra, la soledad que invita a la oración.

Españoles todos, contestadme: ¡Emilio Mola Vidal! El público contesta: ¡Presente! ¡Arriba España! El público repite el grito pronunciado por el Caudillo.»


Tras el discurso, se oficiaría una misa sobre el pequeño altar que se encuentra bajo el arco central, el que tiene grabado el nombre de Mola. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Tras una larga ovación, se inició en el altar ubicado bajo la arquería, una solemne misa oficiada por el arzobispo de Burgos, durante la cual una escuadrilla sobrevoló el monumento formando una cruz. Terminada la misa, Franco se dirigió a saludar a la viuda y a los hijos de Mola, con «visible emoción». A continuación se dirigió hacia el “campo sagrado” donde se detuvo a orar delante de las cruces emplazadas en los lugares donde fallecieron los tripulantes del avión. «Todavía algunos densos nubarrones, como aquellos otros que hace exactamente dos años envolvieron el aeroplano del general Mola, enturbien el panorama y dejan caer la lluvia abundante. Los soldadeos, los invitados, las gentes que vinieron de Navarra y de toda España para asociarse a este homenaje al jefe del Ejército del Norte, soportan esta lluvia, que es en la fecha solemne del aniversario como la reproducción de aquella trágica jornada, con su niebla y su tristeza y su llanto celestial»
. Así terminaba la crónica periodística de aquel acto solemne.

En la actualidad el aspecto que presenta el monumento es muy otro, el recinto está abandonado y el deterioro es manifiesto. Por una parte el inexorable paso del tiempo va dejando su huella, la acción de la naturaleza también se deja notar y los árboles y la vegetación comienza a reclamar lo que un día fue suyo. Pero quizá lo más grave sean los actos vandálicos y de gamberrismo, que alguno puede interpretar como reivindicativo. El debate sobre lo que hacer con lo que se conserva del monumento está abierto, al igual que lo está con otros monumentos relacionados con el franquismo como ya vimos en la crónica del monumento a los pilotos de la Legión Cóndor en el cementerio de la Almudena. Mientras continúe este debate, el deterioro continúa, y quizá llegue un momento en que el deterioro de este monumento sea irreversible.

Sobre el muro que sirve de base a los arcos, en la parte colindante al recinto de las cruces, se encuentra una inscripción conmemorativa que ha sufrido diversos e importantes daños debido a actos vandálicos. FOTO JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Terminamos esta crónica con el texto final de un librito de la colección “Temas de Hoy” dedicado al general Mola. Si en nuestra anterior crónica recogíamos el testimonio de Serrano Suñer sobre la indeferencia y frialdad con la que Franco recibió la noticia de su muerte, en esta ocasión se plantea todo lo contrario, finalizada la guerra no debía quedar ninguna duda sobre los sentimientos del “Caudillo”: «El dolor los inmovilizó a todos. La desgracia que acababa de caer sobre el corazón de España los tuvo largo tiempo anonadados. Alguien, al fin, pudo hablar para decir: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿Quién le dice esto a Franco?...”

Ningún dolor mayor sufrió en la guerra el Generalísimo. Pero supo sobreponerse, sereno, a su aflicción. “España ha perdido a su mejor hijo; yo, al más leal e inteligente compañero y amigo. Descanse en paz de Dios y… ¡adelante! ¡Arriba España!”». Como ven, muy poco que ver con la versión de Serrano Suñer.

En una próxima crónica, visitaremos otros lugares relacionados con la Guerra Civil que ha visitado el equipo de redacción de SOL Y MOSCAS desplazado al norte de Burgos, así como el de otros lugares de gran interés que se pueden visitar en la zona.

Florentino Areneros.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

A continuación pueden contemplar una cuidada selección de algunas fotografías sobre el estado del conjunto en la actualidad, realizadas el 20 de julio de 2012 por nuestro reporter gráfico FOTO JAZ.

La carretera que llega desde Alcocero al monumento deja aun lado los arcos con el “recinto sagrado” y al otro el hito en la cima del cerro.

Una imagen de la parte posterior del hito por donde se accede al interior.

En la parte frontal, sobre la inscripción MOLA encontramos el escudo del águila.

Dos imágenes del monumento erigido en el lugar donde se estrelló el avión. En la foto superior podemos apreciar el altar bajo el arco central, el dedicado al general Mola. En la foto inferior vemos como los árboles comienzan a crecer en lo que antes fueron unas escaleras.

En la mayoría de las superficies del monumento se han realizado pintadas, mientras que otras estructuras han sido vandalizadas y sufren notables daños.

La planta del hito que corona el conjunto es de cruz griega, uno de cuyos brazos ha sido acondicionado como escalera. En estas imágenes podemos observar unas vistas del interior tomadas desde abajo y desde arriba del monumento.

Las ventanas que encontramos a lo largo de la escalera, nos recuerdan a las troneras de los fortines. En la fotografía podemos apreciar el espesor de los muros de cemento.

Las vistas de la comarca y los alrededores desde lo alto del hito son espectaculares.

De vuelta a Alcocero en el T-26 de R. Capa, una corza salió a la carretera a despedirnos.


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jueves, 26 de julio de 2012

LA MUERTE DEL GENERAL MOLA

El general Emilio Mola Vidal, conocido como “el Director” por haber organizado y coordinado los preparativos del golpe militar de julio de 1936 que desencadenaría la Guerra Civil, fallecería el 3 de junio de 1937 en un accidente de aviación. Su muerte, además de dar pié a las más diversas conjeturas, dejaría el camino despejado para que Franco pudiera ejercer un poder absoluto durante décadas. (haga clic en cualquiera de la imágenes para verlas ampliadas).

LA MUERTE DEL GENERAL MOLA

El pasado 3 de Junio de 2012 se cumplían 75 años del accidente de aviación en el que perdería la vida el general Emilio Mola. El siniestro ocurrió en tierras del municipio burgalés de Alcocero, en el monte de la Brújula, en el lugar que se conoce como “Cerro Perejil”. Con motivo de esta efeméride, me desplacé al lugar de los hechos acompañado de parte del equipo de redacción. Allí nos esperaba nuestro colaborador R. Capa, un auténtico fuera de serie en todo lo relacionado con la Guerra Civil en la provincia de Burgos, como ya dejó de manifiesto en su inigualable artículo sobre el Padre Revilla. De aquella visita guiada al lugar nace esta crónica que tendrá continuidad en una posterior dedicada al monumento construido en el lugar del accidente.


Dos años después de la muerte de Mola, en el lugar del accidente se levantaría un grandioso monumento en su honor y en el de los otros cuatro militares que le acompañaban en aquel vuelo. En la actualidad, este monumento se encuentra abandonado y con un deterioro manifiesto. FOTO JAZ. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

En la muerte del general Mola confluyen todos los ingredientes necesarios para que surjan diferentes teorías que pongan en cuestión la versión oficial de aquel episodio. Como vimos en una crónica publicada hace ahora un año , Emilio Mola fue la persona encargada de organizar y coordinar el golpe militar de julio de 1936, operación que al fracasar desencadenaría la Guerra Civil, motivo por el que sería conocido como “el Director”. Sin embargo Mola iría perdiendo protagonismo según avanzaba la contienda a medida que el prestigio y el poder del general Franco aumentaban.

En los planes iniciales del golpe, una vez que los militares se hubieran hecho con el control de la situación en el país, la persona que habría de tomar las riendas sería el general Sanjurjo, que se encontraba exiliado en Portugal desde que encabezó otro golpe militar fallido contra la República en 1932. Sanjurjo fallecería también en otro accidente de aviación al dirigirse hacia España el 20 de julio de 1936. Tras la muerte de Sanjurjo, el poder en el bando golpista recaería finalmente en el general Franco, quien acapararía todos los resortes de poder asegurándose la continuidad de esta situación una vez finalizada la guerra, algo que no agradaría a muchos de los generales que apoyaron el golpe.

El general Sanjurjo era la persona que habría de tomar el mando de los sublevados una vez consumado el golpe, sin embargo fallecería en otro accidente de aviación cuando se dirigía a España desde Lisboa. En la fotografía vemos los restos del aparato en el que viajaba tras el accidente. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

La idea inicial de Mola era la de realizar un golpe militar contundente y de desenlace fulminante. Una vez culminado el levantamiento, el poder recaería en un directorio militar con el general Sanjurjo a la cabeza, que se encargaría de asegurar el orden en el país, para una vez controlada la situación regresar los militares a los cuarteles regresando el poder a manos de civiles. De la “contundencia” de la operación nos podemos hacer una idea leyendo la “Instrucción Reservada Nº1” redactada por el mismo: "Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas", de esta parte la Historia nos ha dejado ejemplos de cómo se desarrolló el golpe, sin embargo nos quedaremos sin saber como habría sido España de haberse desarrollado los acontecimientos tal y como lo diseño Mola, sobre todo teniendo en cuenta que: “La conquista del poder ha de efectuarse aprovechando el primer momento favorable y a ella han de contribuir las Fuerzas Armadas, conjuntamente con las aportaciones que en hombres y elementos de todas clases faciliten los grupos políticos, sociedades e individuos aislados que no pertenezcan a partidos, sectas y sindicatos que reciben inspiraciones del extranjero: socialistas, masones, anarquistas, comunistas, etc.”

Félix Maíz fue ayudante personal del general Mola desde la primavera de 1936 hasta su muerte, a la muerte del general Franco publicaría un libro de memorias en el que se recogían algunas polémicas opiniones de Mola respecto a la actuación de Franco durante el golpe y la guerra. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Sin embargo como todos sabemos el golpe fracasó, comenzó la Guerra Civil, y también las diferencias entre Mola y Franco, un terreno donde nuevamente las diferentes versiones según autores, nos aseguran la polémica. Tal vez una de las obras que desde la cercanía personal más nos puedan aportar sea el libro “Mola frente a Franco” de Félix Maíz, el ayudante civil del general Mola desde la primavera de 1936 hasta la muerte del general. Un testigo de excepción que vivió en primera persona muchos de los acontecimientos más destacados de toda esta historia. El libro de Maíz no fue publicado hasta la muerte del general Franco, lo que nos puede dar una orientación de cual es su contenido. En este trabajo, el secretario de Mola nos muestra los desencuentros entre ambos generales, que ya comenzarían durante el mismo desarrollo del golpe. Según recoge Maíz, Mola responsabiliza a Franco de alguna forma, debido a sus dudas y precauciones iniciales, del fracaso del golpe: "Esas treinta y ocho horas de retraso en la toma del mando del general Franco en Marruecos se van a convertir en muchos meses de guerra", según el autor Mola llegó a manifestar refiriéndose a la situación en Marruecos: "Si llego a estar en el otro lado, esto se había concluido".

Pese a sus diferencias, Mola siempre acató con respeto y obediencia las decisiones del que fuera proclamado “Caudillo” por el bando sublevado. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Pero seguramente el mayor fracaso de Mola respecto a Franco, fue el no impedir que Franco se hiciera con un poder absoluto dentro del bando sublevado. Franco sería nombrado Generalísimo el primero de octubre de 1936 en la finca del ganadero Pérez Tabernero, en Salamanca, una reunión en la que unos militares apoyaron a Franco y otros a Mola, produciéndose un empate en la primera votación, aunque Mola finalmente se retiró de la pugna y se mostró partidario de que fuera Franco el elegido para ocupar el cargo, con la decepción de algunos militares que le apoyaban o que no veían con buenos ojos que el poder se concentrara en una figura como la de Franco. Posteriormente tras la unificación de la Falange y los Carlistas en abril del 37, Franco acapararía tanto el poder militar como el político, constituyéndose en una figura similar a la de Hitler en Alemania o Mussolini en Italia. Según recoge el general Kindelán en sus memorias, el general Cabanellas tras aquella decisión manifestó: «Ustedes no saben lo que han hecho, porque no lo conocen como yo, que lo tuve a mis órdenes en el Ejército de África como jefe de una de las unidades de la columna a mi mando; y si, como quieren, va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará a nadie que lo sustituya en la guerra ni después de ella, hasta su muerte; sin que tenga que decir nada de sus prendas militares, morales ni de otro tipo, que soy el primero en reconocer.»

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Pese a haber apoyado la elección de Franco, Mola comenzó a no ver con buenos ojos la concentración excesiva de poder en manos del “Caudillo” y tampoco la forma en la que se estaba llevando la guerra, Mola se opuso al bombardeo de Guernica. Las discrepancias fueron en aumento, Mola pronunciaría dos encendidos discursos en Radio Burgos, que no gustaron a Franco, y cuando tenía preparado un tercero, Franco le impidió leerlo según recoge Maíz con un rotundo “tú te callas”.

Emilio Mola ocuparía San Sebastián en las semanas posteriores al golpe (en la imagen), sin embargo el avance de sus columnas sería detenido en la sierra de Madrid. En el momento de su muerte se encontraba dirigiendo la Campaña del Norte y Bilbao sería ocupado dos semanas después del accidente. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Otro testigo de excepción de la relación entre Mola y Franco es Ramón Serrano Suñer, cuñado del general Franco y una de las personas con más influencia y poder político durante la guerra y los primeros años del franquismo. En el libro “Serrano Suñer, conciencia y poder” de su biógrafo Ignacio Merino , encontramos algunos párrafos muy interesantes que nos pueden dar una idea de cómo era la relación entre ambos generales. Refiriendose a las fechas previas a la muerte de Mola, Serrano Suñer sostiene:

Ramón Serrano Suñer, además de cuñado del general Franco, era una de las personas con más poder e influencia en el bando sublevado. En sus memorias ofrece testimonios de indudable interés sobre las relaciones entre Mola y Franco. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

«A esas alturas, el único desafió a su autoridad era el general Mola. Muerto Sanjurjo en los primeros días de la guerra, fusilado Goded y recluido Queipo de Llano en su feudo sevillano, solo quedaba la sombra amenazante del Director, que aunque acató con nobleza la entronización de Franco, no veía con buenos ojos la excesiva concentración de poderes.

-Me alegro de tu nombramiento como generalísimo, jefe del estado y de ese partido tuyo, pero las labores de gobierno y de retaguardia exigen mayor dedicación, mi general.

Franco callaba molesto, y luego se desquitaba con su cuñado.

-Este Mola es un majadero. Claro, como es socialista, ya se sabe.

Había también diferencias de opinión en cuanto a la conducción de la guerra. A Mola le disgustaba la guerra de desgaste y aniquilación emprendida por Franco y su obsesión por tomar Madrid. Era más partidario de tomar el Norte a base de masivos bombardeos aéreos, pensando que Madrid caería por su propio peso. También quiso, al principio de la guerra, que se respetase el régimen republicano y la bandera tricolor.

A finales de Mayo tuvieron un encuentro en Burgos en el que Mola insinuó cierto reparto de poderes. Franco le atajó hablando de la importancia del liderazgo único y de la misión que la Historia le encomendaba. Al salir del despacho, Emilio Mola se encontró con Serrano Suñer. El general iba hecho una furia.

-¿Qué tal mi general?
-Mal Serrano, mal. El Caudillo ya no escucha. Ese coro de aplaudidores lo tiene cegado, pero yo ya estoy determinado. El próximo día que venga pienso proponerle oficialmente que me deje asumir la jefatura del Gobierno y que se quede con la del Ejercito, el Estado y el Partido. ¿Qué le parece a usted?.
-Pues que no lo va a tener fácil.
-Bien, ya hablaremos, ahora tengo que irme. Hasta pronto.

No volvieron a verse. »


Pero es el día previo al accidente, y el motivo del viaje, lo que puede haber despertado más dudas, según Serrano Suñer, este viajaba a Burgos para solicitar al “Caudillo” la jefatura del gobierno como hemos visto. Por su parte Maíz recoge que la anoche anterior a su muerte, Mola sostuvo una conversación con Franco en la que le escuchó decir: "No lo comprendo. Repito. Yo no paso por eso", antes de colgar dando un sonoro golpe con el teléfono.

A la mañana siguiente, Mola embarcaría en el avión en el que se desplazaba habitualmente, un Airspeed AS-6 Envoy, un avión con una curiosa historia tras de sí. Este aparato había pertenecido al Ejército Republicano, pero el 26 de septiembre de 1936 el piloto Fernando Rein Loring deserta y consigue aterrizar en Pamplona , pasando el aparato al grupo 41 de la Aviación Nacional. Desde ese momento el avión sería utilizado por el general Mola para sus desplazamientos, siendo su piloto habitual el capitán Chamorro.

Fernando Rein Loring, era un consumado piloto antes de iniciarse la guerra. Entre sus hazañas figura un vuelo en solitario entre Madrid y Manila. Comenzó la guerra en el bando republicano, consiguiendo pasarse al enemigo con el aparato que posteriormente utilizaría el general Mola para sus desplazamientos y con el que encontraría la muerte. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

A las diez y cuarto de la mañana el genral Mola sube en Vitoria al avión. Con el viajan el capitán Chamorro, un mecanico: el sargento Barreda , el teniente coronel Pozas y el comandante de Estado Mayor Senac.

El avión despega y en su vuelo sigue la carretera hacia Burgos, algunos minutos más tarde sobrevuela Miranda de Ebro y Pancorbo, a las diez y treinta y cinco el avión sigue el curso del río Oca a la altura de Briviesca. Una espesa niebla cubre el monte de la Brújula, entre Castil de Peones y la aldea de Alcocero, y el avión, que volaba a baja altura, se acaba estrellando. Una gran explosión es escuchada por muchas personas que se encuentran trabajando en las labores agrícolas en los alrededores, cuando se dirigen al lugar donde se ha producido el accidente, encuentran los cinco cadáveres muy desfigurados y a gran distancia unos de otros, el impacto ha sido brutal.

Fotografía de un Airspeed Envoy de la LAPE (Líneas Aéreas Postales Españolas) idéntico al utilizado por Mola y con el que sufriría el mortal accidente. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

En el muy interesante y recomendable blog “Monumento al General Mola”, que aporta mucha e interesante información sobre el accidente y la construcción del monumento, se recoge una entrevista con un testigo de excepción, Francisco Romera López, que sería alcalde de Alcocero entre 1938 y 1962 además de testigo directo de aquel episodio, preguntado sobre lo ocurrido el día del accidente responde:

«De ese día lo recuerdo bastante bien. Estaba con mi padre segando la cebada y oímos un golpe muy fuerte en el monte ahí arriba (señala el monte de la Brújula) y desde aquí no se ve porque se estrelló en el otro lado, pero empezó a salir humo y nosotros estábamos en una tierra que tenemos en Cueva-Cardiel, y entonces subimos por el camino que hay en ese pueblo hasta arriba con un montón de gente de allí que subió con nosotros, según estamos llegando arriba empezó a llover y nos pusimos de agua… Entonces nos metimos debajo de unos pinos que había allí y cuando escampó fuimos un poco por el cerro al otro lado y vimos un avión que estaba quemado y un vecino de los de Alcocero bajó corriendo al pueblo a llamar a la Guardia Civil desde la cabina del pueblo, mientras tanto nosotros nos acercamos un poco dando voces haber si había alguien dentro y no contestaba nadie, me acuerdo que rodeé el avión con otros dos y un poco más abajo había más piezas, bajamos hasta allí y había dos personas quemadas al lado de las piezas, me acuerdo que nos echamos las manos a la cabeza (se echa las manos a la cabeza mientras lo iba contando) y les di una voz a los que estaban allí arriba con el resto del avión y bajó mi padre con más gente y nos pusimos a mover lo cachos del avión que había allí y resulta que debajo de una plancha de acero encontramos a otro.

P: ¿Pudisteis identificar a alguno?

Fco: “No, estaban quemados, sabíamos que eran militares porque llevaban el traje, pero no nos imaginábamos que iba a ser Mola el que estaba allí muerto, suponíamos que era alguien importante porque antes raro era el avión que no llevaba a algún comandante importante o algún alto cargo”.

P: ¿Según dicen varias fuentes, Mola apareció muerto con su cámara de fotos al cuello os encontrasteis a alguno de los que viajaban en el avión con una cámara?

Fco: “Pues ahora no me acuerdo si iba con cámara o no” sólo recuerdo que todos los trajes de los que estaban allí a pesar de que alguno estaba quemado, conservaban las medallas que se ponían en el pecho”.

P: ¿Cómo fueron los momentos posteriores al accidente?

Fco: “Nos quedamos esperando a que viniese la Guardia y una vez que llegaron nos dispersaron y nos mandaron a cada uno a su casa menos a mi padre y al alcalde de Cueva-Cardiel cuando bajamos era ya tarde. A media noche bajó mi padre de monte y al día siguiente reunió a todos los hombres del pueblo y les estuvo diciendo que por orden de la guardia había que subir a monte a recoger los trozos del avión y dejarlos en el pueblo porque al día siguiente iba a venir un camión a por ellos. Los vecinos de Cueva-Cardiel vinieron también con nosotros y subimos pronto por la mañana, yo y mi padre llevamos un percherón que teníamos en el establo con un carro que utilizábamos para todo y poco a poco al cabo del día fuimos recogiendo el avión del monte y poniendo los trozos amontonados en la plaza, al día siguiente vino un camión y estuvimos cargando los trozos del avión y se lo llevaron, arriba (señala al monte) había bastante más gente, todos ellos militares y guardias”. »


Vecinos de la localidad burgalesa de Alcocero (denominada Alcocero de Mola desde el accidente hasta nuestros días) junto a los restos del aparato siniestrado que ellos mismos tuvieron que bajar desde el monte. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

La mayoría de las teorías apuntan a un accidente como consecuencia de la niebla, y seguramente esta sea la teoría acertada, pero como decimos hay diferentes versiones sobre las causas que hicieron que el aparato acabara estrellándose. Una de estas teorías sostiene que el avión, que como ya hemos dicho había pertenecido inicialmente a la aviación republicana, mantenía su matriculación original, es decir la misma que el aparato tenía en el Reino Unido donde fue adquirido. Esto pudo hacer que alguna batería antiaérea o bien aviones del ejército franquista abrieran fuego contra el avión de Mola. Según recoge el magistrado y juez de instrucción Olegario Somoza Castro en su libro ““La muerte violenta: inspección ocular y cuerpo del delito. Las decisivas primeras 24 horas””, el aparato que todavía volaba con matrícula inglesa, sería atacado al ser confundido con un avión republicano, “inmediatamente el piloto, tal vez con un motor averiado por los disparos, realizó la única maniobra evasiva que podía efectuar para salir con suerte del trance: picar hacia el suelo y volar semienvuelto en la niebla para escapar, pero un cerro se interpuso casi tras haberlo logrado”. Esto explicaría la gran violencia del impacto que se intuye por la localización de los restos y los cuerpos sobre el terreno, que estaría motivada por la gran velocidad que llevaba el aparato para efectuar la maniobra de evasión.

Otras de las posibles teorías sería la del sabotaje, que sería realizado para deshacerse de un personaje que empezaba a resultar incómodo como era el general Mola, aunque esta teoría es bastante improbable dado tal y como se produjeron los hechos. También en el blog “Monumento al General Mola” encontramos una nueva teoría, sostenida por Dionisio Chamorro Miranda, primo del piloto del avión de Mola. Según se recoge en el blog este familiar sostiene:

« “Mi cabeza ofrecería como garantía de que la muerte de Mola se debe a mi primo. Tantas veces se jugó la vida, que jugársela una más y perderla a cambio de aniquilar a un tirano no ha sido cosa que haya tenido que pensar durante mucho tiempo. Él por encima de todo, era anarquista.” El primo del capitán también facilitó que Francisco Chamorro cumplió el servicio militar en el regimiento de la caballería de Villaviciosa en Sevilla en el año 1909. Luego ese regimiento se traslado a África donde más tarde Chamorro pasó a ser asistente del teniente coronel del regimiento; y además futuro marido de su hija por obligación de este. Más tarde Chamorro contra las indicaciones de su suegro, se alejó del ejército y quedo de empleado en los muelles de Melilla. Sobrevino una huelga y participó de manera destacada por lo que el Gobierno lo trajo de nuevo a la península.

Una vez aquí empezó a trabajar en las minas de Ríotinto jugándose la vida como un minero más, pero se celebró otra huelga y volvió a manifestarse de manera superior a los demás y estuvo preso. Al salir de la cárcel la vida del capitán volvió a empezar y retornó a Melilla con su mujer y sus hijos, y dejando atrás su actuación obrera y social se incorporó al Tercio. Una vez allí empezó a escalar posiciones, hasta que llegó al servicio de la aviación y consiguió hacerse piloto, llegando así a ser el más fiable para Mola y dejando en cada vuelo su vida en las manos del capitán. »



Hasta aquí algunas de las teorías, aunque personalmente nos inclinamos a pensar que se trató de un accidente provocado por la niebla. Sea como fuere, la realidad es que la muerte de Mola, dejó el camino totalmente despejado a Franco para ejercer un poder absoluto durante las próximas décadas sin nadie que le hiciera la más mínima sombra. Mola había muerto, ahora quedaba por saber como encajaría la noticia el “Caudillo”.

Recogemos nuevamente el testimonio de Ramón Serrano Suñer, recogido por su biógrafo Ignacio Merino en el libro “Serrano Suñer, conciencia y poder” ya citado en esta crónica. Retomamos el relato del libro sobre Serrano Suñer donde lo dejamos anteriormente:

«El 3 de junio, volando de Vitoria a Burgos, cuando con toda la cuestión iba a plantearle la cuestión a Franco, su aparato se estrelló contra el cerro del Alcocero. Las lenguas desatadas hablaron de sabotaje, el parte oficial lo atribuyó a la niebla y puede que hasta fuera alcanzado por algún caza nacional, pues el general viajaba en un Airspeed Envoy que había pertenecido al ejército republicano y que él confiscó a un desertor que se había pasado al bando nacional.

Serrano guardó las últimas palabras que le escuchó (a Mola) en un cofre sin fondo de lo que pudo ser y no fue, comprendiendo que el último escollo había desaparecido, que ya nada se interpondría a su cuñado. Su baraka no lo abandonaba.

En el cuartel general recibieron la noticia con consternación. Nadie se atrevía a dar la noticia al Caudillo, y tuvo que ser el militar de más edad quien le comunicara la trágica pérdida. El almirante Cervera entró nervioso y emocionado en el despacho de Franco, y ante la mirada de este, empezó a perderse entre circunloquios y lamentos. El Generalísimo, impaciente, corto en seco su agonía.

-Vamos, dígamelo de una vez!
-El… general… Mola ha… perecido en accidente de aviación cuando venía hacia el Cuartel General. Estamos anonadados. No… no sabe cuanto lo lamento, mi general.

Franco hizo un gesto mecánico de recoger un papel. No quería contemplar los ojos húmedos del anciano.

-¡Ah, es eso! Creí que iba usted a decirme que habían hundido el Canarias.


Según Serrano Suñer, cuando el almirante Cervera, visiblemente emocionado y desencajado, comunicó a Franco en su despacho, la noticia de la muerte del general Mola, este con total frialdad le respondió: “¡Ah, es eso! Creí que iba usted a decirme que habían hundido el Canarias.” (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Era demasiado evidente que para él no era una pérdida sino un alivio. Su frialdad ante la noticia traspasó los muros de su despacho y llegó hasta los informes de los embajadores de Inglaterra y Francia. A Vegas Latapié le confió más tarde:

-Mola era un cabezota… Al fin y al cabo no es para tanto, un general que muere en el frente… bueno, pues es casi normal.

Pero quien se había muerto no era solo “un general”, sino la cabeza rectora de aquel Alzamiento, el Director, el hombre que, en definitiva debería haber compartido de alguna forma el poder y la gloria con él.

La memoria de Mola quedó diluida entre la multitud de mártires y caídos. Franco le otorgó el título de duque en 1947, con la tranquilidad de quien corona una cabeza que no puede levantarse y en un gesto inaudito de monarca hacia un vasallo leal. La presidencia del Gobierno, que Mola deseaba en persona distinta a Franco, se unió a los demás cargos que ostentaba el Caudillo y continuó así durante 36 años, hasta que Carrero Blanco -el monago oferente- consiguió, aunque por poco tiempo, el nombramiento. »


Sin duda un impresionante testimonio este de Serrano Suñer, que nos acerca a otra visión de la personalidad, muchas veces intencionadamente maquillada, del general Franco. En línea con este testimonio tenemos la del embajador alemán Von Faupel, quien anotaría en su diario "El Generalísimo, sin duda, se siente aliviado por la muerte de Mola". Franco, sin embargo, ofrecería otra imagen, la del militar y hombre dolido por la muerte de un querido compañero y amigo, y desde el momento de su muerte se encargaría de que la memoria de Mola fuera perpetuada y su figura honrada, muchas calles tomaron el nombre del malogrado general, se realizaron innumerables actos de homenaje. Pero quizá el más simbólico de todos fue la construcción de un grandioso monumento en su honor, erigido en el mismo lugar donde se produjo el accidente. Nuestra próxima crónica estará dedicada a este monumento y parte de su historia.

Florentino Areneros.


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miércoles, 18 de julio de 2012

LA MATANZA DE FRAILES

En mayo de 1936 un rumor corría por las calles de Madrid: “los frailes están repartiendo caramelos envenenados a los niños”, un siglo antes, en julio de 1834, Madrid padecía una terrible epidemia de cólera, otro rumor que señalaba a los religiosos como culpables de aquella epidemia: “los frailes están envenenando las aguas”, desembocaría en una tragedia. (Haga clic en cualquier imagen paraverla ampliada).

LA MATANZA DE FRAILES Y EL BULO DE LOS CARAMELOS ENVENENADOS.

Por Florentino Areneros.

A principios de Mayo de 1936 un rumor corre por las calles de Madrid: muchos niños están enfermando victimas de un envenenamiento producido por caramelos que están siendo repartidos por personas cercanas a la Iglesia. El rumor va tomando fuerza, y en algunas barriadas populares grupos incontrolados agreden a diversas personas resultando alguna de ellas heridas de consideración. Así mismo algunos edificios propiedad de la Iglesia son incendiados. Poco más de cien años antes, en julio de 1834, una epidemia de cólera causaba estragos entre la población de Madrid, en aquella ocasión otro rumor se desata por las calles de la ciudad: la causa de tanta mortalidad es debida a que los frailes están envenenando las aguas.

El año de 1834 no se presentaba muy esperanzador para Madrid. La capital del reino era una ciudad de algo más de doscientos mil habitantes que se hacinaban en el espacio delimitado por sus antiguas murallas, siendo en los barrios más pobres y populares donde la densidad de población alcanzaba límites insoportables, sin olvidar un elevado número de mendigos y población sin hogar que deambulaba por las calles sobreviviendo como podían. A todo ello había que sumar unas lamentables condiciones higiénicas y sanitarias.

Madrid era en esos años una ciudad donde convivían sus habitantes con todo tipo de animales domésticos, la suciedad era algo habitual en la mayoría de las calles, donde muchos de sus rincones eran utilizados como aseos al aire libre. Faltaban muchos años para que el agua de la sierra fuera canalizada hasta la ciudad, y el abastecimiento de la población dependía de los pozos y de las fuentes, algunas alimentadas por manantiales y otras a través de un sistema de canalizaciones conocidos como viajes. En muchas ocasiones, tanto pozos y fuentes como viajes, no eran aptos para el consumo, debido a las filtraciones de pozos negros o al descenso de los caudales. A todo ello habría que sumar una deficiente e insuficiente red de alcantarillado.

Los aguadores han ejercido su labor en Madrid hasta no hace muchos años, este colectivo protagonizó el inicio de los trágicos acontecimientos de 1834.

Por otro lado la situación política era también lamentable. La muerte de Fernando VII en el otoño de 1833 había desatado las disputas sucesorias y el país se encontraba inmerso en una guerra civil, la Primera Guerra Carlista, que enfrentaba por un lado a los partidarios de la reina regente, Maria Cristina, tercera yuna represión de la revuelta última esposa de Fernando VII, con los partidarios de Carlos, el hermano de Fernando (para conocer más detalles les recomendamos leer la crónica sobre los Borbones: clic aquí I PARTE y clic aquí II PARTE). La guerra, más allá de la cuestión sucesoria, enfrentaba a dos formas de ver España, por un lado los liberales constitucionalistas unidos por la causa de Isabel II (una niña de tres años) y su madre la Reina Regente, y frente a ellos los sectores más conservadores y reaccionarios, defensores de una monarquía absolutista que apoyaban al pretendiente Carlos, al que también apoyaban los territorios que temían perder sus beneficiosos fueros, como eran el País Vasco y Navarra. El temor a las consecuencias de la guerra haría que un elevado número de personas, principalmente menesterosos, buscaran refugio en la capital del reino. Sin embargo una amenaza más terrible que la guerra se cernía sobre la ciudad.

En 1833 se dieron en España los primeros casos de cólera, concretamente en la ciudad de Vigo, a donde habría llegado traída por un contingente de tropas que estaban participando en la Guerra de Sucesión portuguesa. También de este país pasaría la enfermedad hasta Andalucía, donde se extendería rápidamente afectando a un gran número de personas. La llegada del invierno mitigaría los efectos de la epidemia, que resurgiría con especial virulencia nuevamente con la llegada del buen tiempo. La epidemia había comenzado en Inglaterra unos años antes, y fue extendiéndose por diversos países de Europa. Las autoridades españolas tomarían diversas medidas para tratar de evitar la expansión de la enfermedad, y evitar que la epidemia llegara hasta Madrid, para lo cual se establecieron diversos cordones sanitarios por parte de la Junta de Sanidad de Madrid. Todos los esfuerzos fueron en vano y a principios de Julio de 1834 ya se registraban en la ciudad los primeros casos.

Haga clic en la imagen para ir a la página de Madrid en Guerra.

Como siempre en momentos de crisis, son los más débiles los que más sufren y las primeras medidas fueron expulsar a todos los “sin techo” de la ciudad desatandose una verdadera persecución y represión. También se demolerían un gran número de infraviviendas, chabolas que eran conocidas como “tejares” y que para las autoridades eran “guaridas de viciosos y holgazanes y nidos de inmundicia” que albergaban mayoritariamente a familias llegadas de otros puntos, es decir eran forasteros, “debían ser restituidos a sus pueblos de origen, descargándose así la población de muchos «individuos inútiles y perniciosos»”. La “limpia” de pobres se realizó a conciencia, expulsandose a un buen número de ellos, mientras que otros serían recluidos en diferentes lugares acondicionados para tal fin, y que en la mayoría de los casos eran auténticas cárceles. De entre todos ellos destacaría el convento de San Bernardino, ubicado muy cerca de donde hoy se encuentra la Plaza de la Moncloa, convertido en asilo de caridad donde se hacinarían centenares de menesterosos.

En este cuadro de Berruete podemos ver el Asilo de San Bernardino, uno de los lugares seleccionados en Madrid para concentrar a todos los pobres y menesterosos de la ciudad.

Se tomarían otras muchas medidas, como la prohibición de criar animales en las viviendas, la limpieza de calles y plazas, recogida de basuras, diversas medidas higiénicas relacionadas con la venta de alimentos, alcantarillado, etc.. También se mejorarían los hospitales existentes y se acondicionarían nuevas instalaciones. Pero todo ello resultaría inútil, y en Madrid morirían a causa del cólera en 1834 más de cuatro mil personas, la gran mayoría de ellas entre las capas más modestas y humildes de la capital, centrándose la epidemia en los barrios de las parroquias de San Sebastián, San Martín, San José y San Luis.

Durante esta terrible epidemia tuvo lugar un trágico episodio que conmocionaría a la ciudad. El 17 de Julio de 1834 la enfermedad se había extendido por todos los barrios, los casos de contagio se multiplicaban, y el número de fallecidos comienza a ser alarmante, sin embargo las autoridades se niegan a declarar oficialmente la epidemia para evitar el pánico. Ese día un rumor se propagó por la ciudad: “Los frailes han envenenado las aguas”. A gran velocidad, como si de otra epidemia se tratara, el bulo se extiende por la ciudad, y como décadas después algunos propagandistas demostrarían, una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en verdad.

El comportamiento colectivo en algunos momentos es incompresible e incontrolable, y cuando la masa se pone en marcha alcanza en ocasiones una inercia imparable, ajena a toda racionalidad, algo que a lo largo de la historia de todo el mundo se ha repetido en innumerables ocasiones. Aquel 17 de Julio de 1834 se produjo uno de aquellos inesperados desenlaces. Los habitantes de la ciudad estaban padeciendo una epidemia desconocida hasta entonces, un mal inexplicable que se cebaba en las clases más populares que contemplaban como muchos de sus conocidos padecían una terrible agonía entre vómitos y diarreas. La necesidad de encontrar una explicación a lo que estaba ocurriendo, unido al desconocimiento y a otros ingredientes no menos importantes, formaban un cóctel explosivo que podía estallar en cualquier momento. Pero mucho mejor que este humilde escribidor ya lo plasmó en su momento el gran maestro Don Benito Pérez Galdós: “Quien no piensa nunca, acepta con júbilo el pensamiento extraño, mayormente si es un pensamiento grande por lo terrorífico, nuevo por lo absurdo. Aquel día habían ocurrido muchas defunciones. Varias familias tenían en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una catástrofe o desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de lo que ve y padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio, infección morbosa, desarrollo miasmático. ¿Y cómo lo ha de saber la ignorancia, si aún lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se ve morir con síntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causas patológicas. Cristiano de rutina, tampoco puede pensar en rigores de Dios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino: ¡Cosas malas en el agua!

Esta idea de las cosas malas arrojadas infamemente en la riquísima agua de Madrid, con el objeto puro y simple de matar a la gente, cayó en el magín del populacho como la llama en la paja. No ha habido idea que más pronto se propagase ni que más velozmente corriese, ni que más presto fuera elevada a artículo de fe. ¿Cómo no, si era el absurdo mismo?”


A partir de aquí tomaremos como base de nuestra crónica el relato de los acontecimientos que publicó el semanario Mundo Gráfico en Mayo de 1936 (sin duda obtenidos a su vez del relato más extenso de Pérez Galdós aunque Mundo Grafico no lo reconozca), alguno de cuyos párrafos transcribimos literalmente. Poco más de un siglo después de aquellos acontecimientos y días después de otros sucesos similares que tuvieron lugar en Madrid, afortunadamente menos trágicos, en los que se acusaría a religiosos y religiosas de repartir caramelos envenenados entre los niños madrileños.

Portada del semanario Mundo Gráfico de mayo de 1936.

Según leemos en Mundo Gráfico, en la mañana del 17 de julio de 1834 una acusación prende rápidamente en el ánimo popular: “los frailes han envenenado las aguas”. Por las calles se van formando corrillos, algunos testigos dicen haber presenciado como los frailes llevaban a cabo esta acción. Una anciana afirma haber visto a un enviado de los frailes envenenar el agua de la fuente de la Mariblanca, en la Puerta del Sol. Otros cuentan como un fraile ha dejado caer unos polvos venenosos junto a unas cubas que estaban junto a la fuente del Ave María en la calle del mismo nombre. Alentados por estos rumores, comienzan a formarse grupos de personas armadas de palos, navajas, escopetas,… La crispación va en aumento, y los ánimos se caldean a la vez que sube la temperatura de ese caluroso día de julio.

Ya por la tarde, los aguadores descansan a la hora de la siesta junto a la fuente de la Mariblanca, donde han dejado sus cántaros de cobre. Un muchacho que pasaba por allí pone su mano sobre uno de los cántaros, y la acción llama la atención de alguno de los que allí se encuentran, que rápidamente interpreta que ha depositado algo en uno de los cántaros:

- “Lo mandan los frailes para que envenene las aguas.”

Rápidamente una furiosa multitud rodea al muchacho, que comienza a recibir una despiadada sucesión de golpes, hasta que cae muerto justo frente a lo que hoy es la sede de la Comunidad de Madrid. Alguien afirma haber visto que el joven tenía un cómplice, y que este ha huido a refugiarse en el colegio de los jesuitas de la calle Toledo, el colegio de San Isidro. Hacia allí se dirigen la mayoría de los que han participado en el linchamiento del joven, y a ellos se van uniendo nuevos grupos de personas. La pasión desatada, que se autoalimenta entre unos y otros, va en aumento.

La fuente de la Mariblanca en la Puerta del Sol, lugar donde se iniciaron los trágicos acontecimientos de 1834.

Un testigo que responde al apodo de “El Tablas” dice que el mismo ha llevado varios sacos de tierra desde una posada de la Cava Baja hasta el colegio de la calle Toledo para entregárselos a uno de los frailes. Rápidamente surge la asociación en las mentes de la enardecida multitud: aquellos sacos son los polvos con los que se están envenenando las aguas. Sin embargo el misterioso envió tenía explicación: los sacos de arena, que provenían de Cataluña, tenían como destinatario al padre Gracián, un jesuita de un apasionado misticismo que tenía el suelo de su cuarto cubierto con esta tierra (seguramente proveniente de algún lugar santificado), donde el religioso dormía desnudo para mortificar su cuerpo. Pero el cada vez más numeroso grupo de personas desconoce este origen y creen a pie juntillas la teoría de “El Tablas”, envalentonados y seguros de si mismos se dirigen hacia el colegio de la calle Toledo.

Comienza el asalto del edificio, las puertas ceden a los golpes. El religioso encargado de la portería, Padre Sauri, sale a su encuentro e inútilmente trata de convencerles de la equivocación que comenten, pero los asaltantes se abalanzan sobre el desgraciado sacerdote y lo matan allí mismo. Este primer asesinato parece desatar la furia de la multitud que ha invadido el edificio, y cegados por la sangre comienza una caza del hombre. Uno a uno van cayendo todos los frailes: Padre Fernández, el Padre Artigas, el Padre Carasa. Caen el hermano Elola, el hermano Barba, el hermano Ostolaza. El cadáver de éste es arrastrado a través de las calles por un grupo de arpías, entre risas, gritos y blasfemias. Son muy pocos los que logran escapar. Algunos son alcanzados cerca de la Plaza de la Cebada y asesinados allí mismo. Cuando todo parece haber terminado, alguien se da cuenta de que el Padre Gracián, el destinatario de los misteriosos sacos, se les ha escapado y rápidamente comienza una desesperada búsqueda por todas las habitaciones, la sangre cubre el suelo de todas las habitaciones. Finalmente Gracián es localizado mientras reza en el coro abstraído de lo que ocurre a su alrededor. Comienzan los golpes y cuchilladas, el Padre Gracián trata de defenderse, pero finalmente es el propio “Tablas” el que lo remata.

Los rumores acabarían precipitando la tragedia en la que un elevado número de frailes y algún seglar serían asesinados.

Pero no serán solamente los curas del colegio de la calle Toledo, una incontenible furia desatada se apodera de la ciudad y son asaltados otros establecimientos religiosos. Entre ellos el convento de la Merced, en la actual plaza de Tirso de Molina, el convento de Santo Tomás en la calle de Atocha, que se ubicaba donde hoy se encuentra la iglesia de Santa Cruz, y también la iglesia de San Francisco el Grande. Se calcula que más de un centenar de personas, en su mayor número religiosos pero también algún seglar, serían asesinados ese día por la muchedumbre, que también aprovecharía para realizar pillaje de todo tipo de objetos y pertenencias que encontraron a su paso.

La iglesia de San Francisco el Grande, uno de los templos en los que se desencadenaría la tragedia (Foto Urbanity).

Es difícil tratar de encontrar una explicación a tanta irracionalidad desatada, analizar las circunstancias y las posibles causas que acabaron provocando esta tragedia es una tarea prácticamente imposible, y más si lo contemplamos con una mentalidad de hoy. Sin embargo si que hay algo que nos llama poderosamente la atención en estos acontecimientos, y es la inhibición de las autoridades durante estos terribles acontecimientos, que según recoge Mundo Gráfico se desarrollaron tolerados por la fuerza pública, que “hasta casi protege el desmán”. También recoge Mundo Gráfico como una de las razones “la obscura labor masónica. (Algunos historiadores hablan de cómo en las logias y las torres se pagaba a los autores de la matanza).”

¿Existió una “mano negra” detrás de estos acontecimientos?, ¿Por qué no intervinieron las autoridades para evitar esta tragedia?. Seguramente sean preguntas que no tengan nunca respuesta, pero repasar la situación del momento tal vez permita adelantar alguna teoría. Como dijimos anteriormente el país se encontraba enfrascado en una guerra civil, por una parte los partidarios de la Reina Regente, liberales en su mayoría, y por otra los partidarios del pretendiente Carlos, conservadores en su gran mayoría. Muy posiblemente los sectores más reaccionarios de la Iglesia también estuvieran más cercanos a la idea de nación mantenida por el pretendiente que la que defendían los liberales, y por lo tanto la Iglesia en su conjunto fuera contemplada como un enemigo por parte de algún sector. La hostilidad hacia los jesuitas era manifiesta por parte de muchos liberales, y gran parte de la prensa acusaba a los religiosos de connivencia con el carlismo. La orden de los jesuitas sería suprimida “perpetuamente en todo el territorio de la monarquía” en Julio de 1835.

La iglesia de San Isidro en la calle Toledo, lugar donde se iniciaron las agresiones a los frailes. (Foto Urbanity).

Por otra parte la monarquía no gozaba de una gran simpatía entre amplias capas sociales desde el regreso de Fernando VII tras la Guerra de Independencia, sintiéndose muchos de ellos traicionados por la monarquía por la que habían luchado. La corona descansaba en una niña de 3 años y su legitimidad cuestionada había provocado una sangrienta guerra, las tareas de la regencia las asumía su madre, tercera esposa de Fernando VII, la cual despertaba serias dudas sobre su capacidad entre muchos de sus súbditos. En esta delicada situación, el riesgo de que la represión de la revuelta pudiera desembocar en disturbios más graves, también pudo inhibir de actuar a las autoridades ante los sangrientos disturbios. No olvidemos que desde el Dos de Mayo, en Madrid se han producido diversos motines populares muchos de ellos con gran violencia, por lo que la prudencia de las autoridades estaba justificada tratando de evitar un enfrentamiento generalizado que acabara produciendo una insurrección popular en medio de una situación tan delicada.

La solemne sesión de las Cortes que proclamarían a María Cristina como Reina Regente, hasta la mayoría de edad de Isabel II.

Había que tener otro factor de no menos importancia, la regente María Cristina para ganarse el apoyo de los liberales, tuvo que ceder parte de poder aceptando en Abril de 1834 una especie de constitución denominada Estatuto Real, por lo que España pasaba convertirse en una monarquía constitucional, con dos cámaras de representantes, una de ellas elegida por medio de un sufragio restringido entre personas que cumplieran ciertos requisitos, como el hecho de tener unas rentas mayores de 12.000 reales. Sería en la apertura de las Cortes elegidas en primavera, que tenía como fecha el 24 de Julio de ese año, cunado maría Cristina sería proclamada como regente, legitimando de esta forma su posición y la de su hija, frente a las aspiraciones de los carlistas. María Cristina se encontraba veraneando en Riofrío, y a pesar de la devastadora epidemia decidió asumir el riesgo de contagio y acudir a Madrid para el solemne acto. Su entrada en Madrid fue recibida con grandes muestras de afecto por los madrileños, que veían como la reina pese a la epidemia se decidía a estar en la ciudad. Este gesto le otorgó gran popularidad y el afecto de los madrileños, que la reina tardaría poco en dilapidar.

Hasta aquí esta crónica que nos ha de servir de introducción a otra sobre los acontecimientos que tendrían lugar 100 años después, donde nuevamente rumores infundados acabaron produciendo nuevos incidentes en la capital de España, aunque sin alcanzar la violencia y dramatismo de estos que aquí les hemos narrado.

Florentino Areneros.


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