miércoles, 18 de julio de 2012

LA MATANZA DE FRAILES

En mayo de 1936 un rumor corría por las calles de Madrid: “los frailes están repartiendo caramelos envenenados a los niños”, un siglo antes, en julio de 1834, Madrid padecía una terrible epidemia de cólera, otro rumor que señalaba a los religiosos como culpables de aquella epidemia: “los frailes están envenenando las aguas”, desembocaría en una tragedia. (Haga clic en cualquier imagen paraverla ampliada).

LA MATANZA DE FRAILES Y EL BULO DE LOS CARAMELOS ENVENENADOS.

Por Florentino Areneros.

A principios de Mayo de 1936 un rumor corre por las calles de Madrid: muchos niños están enfermando victimas de un envenenamiento producido por caramelos que están siendo repartidos por personas cercanas a la Iglesia. El rumor va tomando fuerza, y en algunas barriadas populares grupos incontrolados agreden a diversas personas resultando alguna de ellas heridas de consideración. Así mismo algunos edificios propiedad de la Iglesia son incendiados. Poco más de cien años antes, en julio de 1834, una epidemia de cólera causaba estragos entre la población de Madrid, en aquella ocasión otro rumor se desata por las calles de la ciudad: la causa de tanta mortalidad es debida a que los frailes están envenenando las aguas.

El año de 1834 no se presentaba muy esperanzador para Madrid. La capital del reino era una ciudad de algo más de doscientos mil habitantes que se hacinaban en el espacio delimitado por sus antiguas murallas, siendo en los barrios más pobres y populares donde la densidad de población alcanzaba límites insoportables, sin olvidar un elevado número de mendigos y población sin hogar que deambulaba por las calles sobreviviendo como podían. A todo ello había que sumar unas lamentables condiciones higiénicas y sanitarias.

Madrid era en esos años una ciudad donde convivían sus habitantes con todo tipo de animales domésticos, la suciedad era algo habitual en la mayoría de las calles, donde muchos de sus rincones eran utilizados como aseos al aire libre. Faltaban muchos años para que el agua de la sierra fuera canalizada hasta la ciudad, y el abastecimiento de la población dependía de los pozos y de las fuentes, algunas alimentadas por manantiales y otras a través de un sistema de canalizaciones conocidos como viajes. En muchas ocasiones, tanto pozos y fuentes como viajes, no eran aptos para el consumo, debido a las filtraciones de pozos negros o al descenso de los caudales. A todo ello habría que sumar una deficiente e insuficiente red de alcantarillado.

Los aguadores han ejercido su labor en Madrid hasta no hace muchos años, este colectivo protagonizó el inicio de los trágicos acontecimientos de 1834.

Por otro lado la situación política era también lamentable. La muerte de Fernando VII en el otoño de 1833 había desatado las disputas sucesorias y el país se encontraba inmerso en una guerra civil, la Primera Guerra Carlista, que enfrentaba por un lado a los partidarios de la reina regente, Maria Cristina, tercera yuna represión de la revuelta última esposa de Fernando VII, con los partidarios de Carlos, el hermano de Fernando (para conocer más detalles les recomendamos leer la crónica sobre los Borbones: clic aquí I PARTE y clic aquí II PARTE). La guerra, más allá de la cuestión sucesoria, enfrentaba a dos formas de ver España, por un lado los liberales constitucionalistas unidos por la causa de Isabel II (una niña de tres años) y su madre la Reina Regente, y frente a ellos los sectores más conservadores y reaccionarios, defensores de una monarquía absolutista que apoyaban al pretendiente Carlos, al que también apoyaban los territorios que temían perder sus beneficiosos fueros, como eran el País Vasco y Navarra. El temor a las consecuencias de la guerra haría que un elevado número de personas, principalmente menesterosos, buscaran refugio en la capital del reino. Sin embargo una amenaza más terrible que la guerra se cernía sobre la ciudad.

En 1833 se dieron en España los primeros casos de cólera, concretamente en la ciudad de Vigo, a donde habría llegado traída por un contingente de tropas que estaban participando en la Guerra de Sucesión portuguesa. También de este país pasaría la enfermedad hasta Andalucía, donde se extendería rápidamente afectando a un gran número de personas. La llegada del invierno mitigaría los efectos de la epidemia, que resurgiría con especial virulencia nuevamente con la llegada del buen tiempo. La epidemia había comenzado en Inglaterra unos años antes, y fue extendiéndose por diversos países de Europa. Las autoridades españolas tomarían diversas medidas para tratar de evitar la expansión de la enfermedad, y evitar que la epidemia llegara hasta Madrid, para lo cual se establecieron diversos cordones sanitarios por parte de la Junta de Sanidad de Madrid. Todos los esfuerzos fueron en vano y a principios de Julio de 1834 ya se registraban en la ciudad los primeros casos.

Haga clic en la imagen para ir a la página de Madrid en Guerra.

Como siempre en momentos de crisis, son los más débiles los que más sufren y las primeras medidas fueron expulsar a todos los “sin techo” de la ciudad desatandose una verdadera persecución y represión. También se demolerían un gran número de infraviviendas, chabolas que eran conocidas como “tejares” y que para las autoridades eran “guaridas de viciosos y holgazanes y nidos de inmundicia” que albergaban mayoritariamente a familias llegadas de otros puntos, es decir eran forasteros, “debían ser restituidos a sus pueblos de origen, descargándose así la población de muchos «individuos inútiles y perniciosos»”. La “limpia” de pobres se realizó a conciencia, expulsandose a un buen número de ellos, mientras que otros serían recluidos en diferentes lugares acondicionados para tal fin, y que en la mayoría de los casos eran auténticas cárceles. De entre todos ellos destacaría el convento de San Bernardino, ubicado muy cerca de donde hoy se encuentra la Plaza de la Moncloa, convertido en asilo de caridad donde se hacinarían centenares de menesterosos.

En este cuadro de Berruete podemos ver el Asilo de San Bernardino, uno de los lugares seleccionados en Madrid para concentrar a todos los pobres y menesterosos de la ciudad.

Se tomarían otras muchas medidas, como la prohibición de criar animales en las viviendas, la limpieza de calles y plazas, recogida de basuras, diversas medidas higiénicas relacionadas con la venta de alimentos, alcantarillado, etc.. También se mejorarían los hospitales existentes y se acondicionarían nuevas instalaciones. Pero todo ello resultaría inútil, y en Madrid morirían a causa del cólera en 1834 más de cuatro mil personas, la gran mayoría de ellas entre las capas más modestas y humildes de la capital, centrándose la epidemia en los barrios de las parroquias de San Sebastián, San Martín, San José y San Luis.

Durante esta terrible epidemia tuvo lugar un trágico episodio que conmocionaría a la ciudad. El 17 de Julio de 1834 la enfermedad se había extendido por todos los barrios, los casos de contagio se multiplicaban, y el número de fallecidos comienza a ser alarmante, sin embargo las autoridades se niegan a declarar oficialmente la epidemia para evitar el pánico. Ese día un rumor se propagó por la ciudad: “Los frailes han envenenado las aguas”. A gran velocidad, como si de otra epidemia se tratara, el bulo se extiende por la ciudad, y como décadas después algunos propagandistas demostrarían, una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en verdad.

El comportamiento colectivo en algunos momentos es incompresible e incontrolable, y cuando la masa se pone en marcha alcanza en ocasiones una inercia imparable, ajena a toda racionalidad, algo que a lo largo de la historia de todo el mundo se ha repetido en innumerables ocasiones. Aquel 17 de Julio de 1834 se produjo uno de aquellos inesperados desenlaces. Los habitantes de la ciudad estaban padeciendo una epidemia desconocida hasta entonces, un mal inexplicable que se cebaba en las clases más populares que contemplaban como muchos de sus conocidos padecían una terrible agonía entre vómitos y diarreas. La necesidad de encontrar una explicación a lo que estaba ocurriendo, unido al desconocimiento y a otros ingredientes no menos importantes, formaban un cóctel explosivo que podía estallar en cualquier momento. Pero mucho mejor que este humilde escribidor ya lo plasmó en su momento el gran maestro Don Benito Pérez Galdós: “Quien no piensa nunca, acepta con júbilo el pensamiento extraño, mayormente si es un pensamiento grande por lo terrorífico, nuevo por lo absurdo. Aquel día habían ocurrido muchas defunciones. Varias familias tenían en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una catástrofe o desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de lo que ve y padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio, infección morbosa, desarrollo miasmático. ¿Y cómo lo ha de saber la ignorancia, si aún lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se ve morir con síntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causas patológicas. Cristiano de rutina, tampoco puede pensar en rigores de Dios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino: ¡Cosas malas en el agua!

Esta idea de las cosas malas arrojadas infamemente en la riquísima agua de Madrid, con el objeto puro y simple de matar a la gente, cayó en el magín del populacho como la llama en la paja. No ha habido idea que más pronto se propagase ni que más velozmente corriese, ni que más presto fuera elevada a artículo de fe. ¿Cómo no, si era el absurdo mismo?”


A partir de aquí tomaremos como base de nuestra crónica el relato de los acontecimientos que publicó el semanario Mundo Gráfico en Mayo de 1936 (sin duda obtenidos a su vez del relato más extenso de Pérez Galdós aunque Mundo Grafico no lo reconozca), alguno de cuyos párrafos transcribimos literalmente. Poco más de un siglo después de aquellos acontecimientos y días después de otros sucesos similares que tuvieron lugar en Madrid, afortunadamente menos trágicos, en los que se acusaría a religiosos y religiosas de repartir caramelos envenenados entre los niños madrileños.

Portada del semanario Mundo Gráfico de mayo de 1936.

Según leemos en Mundo Gráfico, en la mañana del 17 de julio de 1834 una acusación prende rápidamente en el ánimo popular: “los frailes han envenenado las aguas”. Por las calles se van formando corrillos, algunos testigos dicen haber presenciado como los frailes llevaban a cabo esta acción. Una anciana afirma haber visto a un enviado de los frailes envenenar el agua de la fuente de la Mariblanca, en la Puerta del Sol. Otros cuentan como un fraile ha dejado caer unos polvos venenosos junto a unas cubas que estaban junto a la fuente del Ave María en la calle del mismo nombre. Alentados por estos rumores, comienzan a formarse grupos de personas armadas de palos, navajas, escopetas,… La crispación va en aumento, y los ánimos se caldean a la vez que sube la temperatura de ese caluroso día de julio.

Ya por la tarde, los aguadores descansan a la hora de la siesta junto a la fuente de la Mariblanca, donde han dejado sus cántaros de cobre. Un muchacho que pasaba por allí pone su mano sobre uno de los cántaros, y la acción llama la atención de alguno de los que allí se encuentran, que rápidamente interpreta que ha depositado algo en uno de los cántaros:

- “Lo mandan los frailes para que envenene las aguas.”

Rápidamente una furiosa multitud rodea al muchacho, que comienza a recibir una despiadada sucesión de golpes, hasta que cae muerto justo frente a lo que hoy es la sede de la Comunidad de Madrid. Alguien afirma haber visto que el joven tenía un cómplice, y que este ha huido a refugiarse en el colegio de los jesuitas de la calle Toledo, el colegio de San Isidro. Hacia allí se dirigen la mayoría de los que han participado en el linchamiento del joven, y a ellos se van uniendo nuevos grupos de personas. La pasión desatada, que se autoalimenta entre unos y otros, va en aumento.

La fuente de la Mariblanca en la Puerta del Sol, lugar donde se iniciaron los trágicos acontecimientos de 1834.

Un testigo que responde al apodo de “El Tablas” dice que el mismo ha llevado varios sacos de tierra desde una posada de la Cava Baja hasta el colegio de la calle Toledo para entregárselos a uno de los frailes. Rápidamente surge la asociación en las mentes de la enardecida multitud: aquellos sacos son los polvos con los que se están envenenando las aguas. Sin embargo el misterioso envió tenía explicación: los sacos de arena, que provenían de Cataluña, tenían como destinatario al padre Gracián, un jesuita de un apasionado misticismo que tenía el suelo de su cuarto cubierto con esta tierra (seguramente proveniente de algún lugar santificado), donde el religioso dormía desnudo para mortificar su cuerpo. Pero el cada vez más numeroso grupo de personas desconoce este origen y creen a pie juntillas la teoría de “El Tablas”, envalentonados y seguros de si mismos se dirigen hacia el colegio de la calle Toledo.

Comienza el asalto del edificio, las puertas ceden a los golpes. El religioso encargado de la portería, Padre Sauri, sale a su encuentro e inútilmente trata de convencerles de la equivocación que comenten, pero los asaltantes se abalanzan sobre el desgraciado sacerdote y lo matan allí mismo. Este primer asesinato parece desatar la furia de la multitud que ha invadido el edificio, y cegados por la sangre comienza una caza del hombre. Uno a uno van cayendo todos los frailes: Padre Fernández, el Padre Artigas, el Padre Carasa. Caen el hermano Elola, el hermano Barba, el hermano Ostolaza. El cadáver de éste es arrastrado a través de las calles por un grupo de arpías, entre risas, gritos y blasfemias. Son muy pocos los que logran escapar. Algunos son alcanzados cerca de la Plaza de la Cebada y asesinados allí mismo. Cuando todo parece haber terminado, alguien se da cuenta de que el Padre Gracián, el destinatario de los misteriosos sacos, se les ha escapado y rápidamente comienza una desesperada búsqueda por todas las habitaciones, la sangre cubre el suelo de todas las habitaciones. Finalmente Gracián es localizado mientras reza en el coro abstraído de lo que ocurre a su alrededor. Comienzan los golpes y cuchilladas, el Padre Gracián trata de defenderse, pero finalmente es el propio “Tablas” el que lo remata.

Los rumores acabarían precipitando la tragedia en la que un elevado número de frailes y algún seglar serían asesinados.

Pero no serán solamente los curas del colegio de la calle Toledo, una incontenible furia desatada se apodera de la ciudad y son asaltados otros establecimientos religiosos. Entre ellos el convento de la Merced, en la actual plaza de Tirso de Molina, el convento de Santo Tomás en la calle de Atocha, que se ubicaba donde hoy se encuentra la iglesia de Santa Cruz, y también la iglesia de San Francisco el Grande. Se calcula que más de un centenar de personas, en su mayor número religiosos pero también algún seglar, serían asesinados ese día por la muchedumbre, que también aprovecharía para realizar pillaje de todo tipo de objetos y pertenencias que encontraron a su paso.

La iglesia de San Francisco el Grande, uno de los templos en los que se desencadenaría la tragedia (Foto Urbanity).

Es difícil tratar de encontrar una explicación a tanta irracionalidad desatada, analizar las circunstancias y las posibles causas que acabaron provocando esta tragedia es una tarea prácticamente imposible, y más si lo contemplamos con una mentalidad de hoy. Sin embargo si que hay algo que nos llama poderosamente la atención en estos acontecimientos, y es la inhibición de las autoridades durante estos terribles acontecimientos, que según recoge Mundo Gráfico se desarrollaron tolerados por la fuerza pública, que “hasta casi protege el desmán”. También recoge Mundo Gráfico como una de las razones “la obscura labor masónica. (Algunos historiadores hablan de cómo en las logias y las torres se pagaba a los autores de la matanza).”

¿Existió una “mano negra” detrás de estos acontecimientos?, ¿Por qué no intervinieron las autoridades para evitar esta tragedia?. Seguramente sean preguntas que no tengan nunca respuesta, pero repasar la situación del momento tal vez permita adelantar alguna teoría. Como dijimos anteriormente el país se encontraba enfrascado en una guerra civil, por una parte los partidarios de la Reina Regente, liberales en su mayoría, y por otra los partidarios del pretendiente Carlos, conservadores en su gran mayoría. Muy posiblemente los sectores más reaccionarios de la Iglesia también estuvieran más cercanos a la idea de nación mantenida por el pretendiente que la que defendían los liberales, y por lo tanto la Iglesia en su conjunto fuera contemplada como un enemigo por parte de algún sector. La hostilidad hacia los jesuitas era manifiesta por parte de muchos liberales, y gran parte de la prensa acusaba a los religiosos de connivencia con el carlismo. La orden de los jesuitas sería suprimida “perpetuamente en todo el territorio de la monarquía” en Julio de 1835.

La iglesia de San Isidro en la calle Toledo, lugar donde se iniciaron las agresiones a los frailes. (Foto Urbanity).

Por otra parte la monarquía no gozaba de una gran simpatía entre amplias capas sociales desde el regreso de Fernando VII tras la Guerra de Independencia, sintiéndose muchos de ellos traicionados por la monarquía por la que habían luchado. La corona descansaba en una niña de 3 años y su legitimidad cuestionada había provocado una sangrienta guerra, las tareas de la regencia las asumía su madre, tercera esposa de Fernando VII, la cual despertaba serias dudas sobre su capacidad entre muchos de sus súbditos. En esta delicada situación, el riesgo de que la represión de la revuelta pudiera desembocar en disturbios más graves, también pudo inhibir de actuar a las autoridades ante los sangrientos disturbios. No olvidemos que desde el Dos de Mayo, en Madrid se han producido diversos motines populares muchos de ellos con gran violencia, por lo que la prudencia de las autoridades estaba justificada tratando de evitar un enfrentamiento generalizado que acabara produciendo una insurrección popular en medio de una situación tan delicada.

La solemne sesión de las Cortes que proclamarían a María Cristina como Reina Regente, hasta la mayoría de edad de Isabel II.

Había que tener otro factor de no menos importancia, la regente María Cristina para ganarse el apoyo de los liberales, tuvo que ceder parte de poder aceptando en Abril de 1834 una especie de constitución denominada Estatuto Real, por lo que España pasaba convertirse en una monarquía constitucional, con dos cámaras de representantes, una de ellas elegida por medio de un sufragio restringido entre personas que cumplieran ciertos requisitos, como el hecho de tener unas rentas mayores de 12.000 reales. Sería en la apertura de las Cortes elegidas en primavera, que tenía como fecha el 24 de Julio de ese año, cunado maría Cristina sería proclamada como regente, legitimando de esta forma su posición y la de su hija, frente a las aspiraciones de los carlistas. María Cristina se encontraba veraneando en Riofrío, y a pesar de la devastadora epidemia decidió asumir el riesgo de contagio y acudir a Madrid para el solemne acto. Su entrada en Madrid fue recibida con grandes muestras de afecto por los madrileños, que veían como la reina pese a la epidemia se decidía a estar en la ciudad. Este gesto le otorgó gran popularidad y el afecto de los madrileños, que la reina tardaría poco en dilapidar.

Hasta aquí esta crónica que nos ha de servir de introducción a otra sobre los acontecimientos que tendrían lugar 100 años después, donde nuevamente rumores infundados acabaron produciendo nuevos incidentes en la capital de España, aunque sin alcanzar la violencia y dramatismo de estos que aquí les hemos narrado.

Florentino Areneros.


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